El siguiente es el testimonio de un médico nicaragüense, que narra la realidad que le toca vivir día a día, como miles de colegas suyos, en una Nicaragua donde especialistas en epidemiología afirman que hay más casos positivos de COVID-19 que los anunciados por el gobierno y, consecuentemente, el registro de muertes mayor. El estrés, la crisis emocional y el miedo al contagio por la falta de equipos, son fantasmas a los que se enfrentan quienes están en la primera línea de batalla contra el coronavirus: el sector salud.

“Apenas la luz del sol entra por la ventana de mi habitación, me levanto de la cama con la ilusión de encontrar un escenario distinto en mi centro de trabajo. Antes de salir de mi casa, abro sigilosamente la puerta de la habitación donde duermen mis hijos, observo en silencio sus rostros angelicales y veo el Cristo que reposa, de brazos abiertos, sobre la cabecera de sus camas. Cuando cruzo el umbral de la puerta entiendo que llevo sobre mis hombros la responsabilidad de asistir médicamente a decenas de personas que, sin muchas esperanzas, ven diluidas sus vidas bajo la asistencia de toscas máquinas sin alma”.

El médico compara su centro de trabajo al infierno mismo debido a la emergencia, donde no puede distinguirse la línea que divide la vida de la muerte. Inicialmente solo había un espacio habilitado para la atención de personas con COVID-19, pero los ingresos de los últimos diez días se han multiplicado y fue necesario acondicionar dos áreas más.

“Solo en el área donde me encuentro, hay más de 100 personas afectadas por el coronavirus, clasificadas en leves, moderadas y críticas; unas con ventilación mecánica, otras con suministro de oxígeno, y las menos graves a la espera de una evolución positiva. Un día de estos, me acerqué a la cama donde estaba asignado un paciente, pero ya no lo encontré y tampoco estaba en el grupo de los recuperados. Pregunté a algunos colegas y me dijeron que, lamentablemente, ese paciente había fallecido”.

“En otra jornada –continúa-, mientras preparaba lo necesario para que un paciente fuera entubado, éste me preguntó cuántos días estaría en esa condición, respondiéndole que dependía del progreso de su salud. En este caso, ni siquiera transcurrieron 24 horas, cuando el paciente se había rendido ante la muerte”.

El galeno afirma que es necesario que la población conozca lo que se vive dentro de los hospitales nicaragüenses, especialmente en aquellos destinados para la atención del COVID-19. Dice que la gente debe esforzarse en la práctica de medidas preventivas, porque no se trata de un simple catarro o gripe pasajera, como pretende hacer creer el gobierno.

Recomienda que cuando ingresa un paciente por COVID-19, la persona de contacto permanezca atenta a las llamadas telefónicas, porque podría tratarse de la última vez que escuchen la voz de su familiar; y reconoce la humanidad del personal médico, que toma la decisión de hacer la llamada para que el paciente hable con su familia, antes de ser conectado al ventilador mecánico.

Señala que los familiares de los pacientes deben estar claros que nada de lo que entra en ese lugar puede salir o ser devuelto, ningún artículo personal, pues hay un protocolo para el manejo de la ropa. “Puedo decirles que toda la ropa se deposita en bolsas para basura y el área correspondiente se hace cargo de ellas. Por esta razón, pido a las familias que proporcionen la ropa más cómoda, sabiendo que ésta se desecha diariamente”.

Mucho se dice sobre la situación de los hospitales, especialmente de los habilitados para la atención del COVID-19, pero la realidad que se vive dentro es distinta a la que se cuenta en los comunicados del Ministerio de Salud de Nicaragua, sostiene el médico. “Aquí hacemos todo lo posible por atender a cada paciente en medio de las limitaciones, y debo ser honesto al decir que al menos por el momento tenemos los equipos de protección personal”.

Afirma que la carga emocional que se vive en el Hospital Carlos Marx, también conocido como Hospital Alemán Nicaragüense, es indescriptible. “Una de las pocas alegrías fue ver a una mujer de 35 años despertar del coma, después de 10 días de estar entubada, aunque todavía permanece en cuidados intermedios”.

EL FANTASMA DEL CONTAGIO. El estrés, la crisis emocional y el miedo al contagio por la falta de equipos, son fantasmas a los que se enfrentan los médicos. (Foto ilustrativa: Infobae).

Debido a la saturación de emociones, ha decidido no mirar, escuchar o leer noticias. “Pero siempre llega de rebote el discurso oficial del gobierno y los brevísimos comunicados del Ministerio de Salud. Debo confesar que me resulta imposible entender la motivación que tiene el gobierno para mentir con tanto descaro y ocultar la verdad de lo que se vive por causa del COVID-19”.

Sobre los rumores de renuncias de personal médico y de enfermería en varios centros hospitalarios, opina que nadie debería juzgarles por una decisión como esa. “En mi caso personal, no siento miedo, pero sí me atormenta la exposición que tiene mi familia por razón de este trabajo, y me conmueve mirar a tantas personas con la necesidad de ser atendidas. Ustedes que están fuera de los hospitales, por favor tomen la mejor decisión para ustedes y su familia. Si ustedes pudieran ver lo que mis ojos han visto, buscarían desesperadamente la manera de quedarse en casa o de implementar más medidas de protección”.